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Ene 27

El inmortal

“El Inmortal”, por Marlon Dumenigo Pau

Ofrecemos uno de los cuentos que aparecen en Korad n 20: “El inmortal, un homenaje a quien es considerado por algunos el mejor pelotero de todos los tiempos, el cubano Martin Dihigo.  Su autor, Marlon Dumenigo Pau, es uno de los jóvenes más prometedores de la nueva hornada de escritores cubanos que cultivan el género fantástico. Un regalo para los amantes del beisbol y la literatura fantástica.

EL INMORTAL

Por Marlon Duménigo Pau

Los gestos de sus compañeros desde el dugout le parecían distantes, en medio de los gritos de la afición, que le provocaban un nudo que nacía en el estómago y avanzaba paulatinamente hacia arriba, como si siguiera a aquello que le había dado origen, hasta aflorar en sus labios con la forma de un ligero temblor.

Se alejó unos metros del cajón de bateo, sujetó el madero a todo lo largo y repasó la sincronización de los movimientos de cadera y antebrazos con uno, dos, tres swings al aire, dejando una estela invisible antes de volver a ocupar su posición en el home, como si con ella pudiera desvanecer el espectro de imágenes de cada uno de los turnos importantes en que había fallado, y que desfilaban uno tras otro ante sus ojos, sin orden cronológico. Una sucesión de inconformidades consigo mismo que se vio interrumpida por la frenética algarabía levantada en las tribunas, cuando el pitcher colocó su pie derecho sobre el box para iniciar el windup.

Tensó los músculos del abdomen al adoptar la posición de bateo, levantó el codo y paseó la mirada por el infield, donde sus tres compañeros en base aguardaban expectantes ese lanzamiento que rompería el equilibrio de tres bolas y dos strikes representado con números rojos en la pizarra electrónica del estadio, junto a los dos ceros que señalaban empate al cierre del noveno. Esta vez no podía ser igual, pensó. Era el turno al bate más importante de su carrera (podía colmar de glorias y festejos al equipo dándole el primer campeonato de su historia, y, al mismo tiempo, borrar ese asomo de incapacidad asociado a su apellido para conectar a la hora cero: esos segundos o minutos en que se decidía el resultado de un juego) y casi había tenido que implorarle al director del equipo para no ser sustituido por un emergente.

Esta vez no fallaría. Había seguido todas las instrucciones dictadas por el palero, volvió a repetirse en silencio mientras observaba los movimientos del pitcher y aguardaba los instantes necesarios para lograr un buen contacto con la bola. El lanzamiento: una curva lenta que describió una parábola muy alta, el swing… y la pelota fue a estrellarse contra la cerca del jardín izquierdo.

No supo entonces si fueron segundos o minutos, el tiempo que transcurrió antes de que pudiera empezar a correr sin demasiada velocidad hasta detenerse en la intermedia, y levantar los brazos en señal de triunfo, con ese insoluble alarde que al fin alcanzaba a saborear, aunque no le perteneciera enteramente, al menos no del todo, al menos casi nada… Pero ahora solo le importaba el deleite. El ser llevado en hombros por sus compañeros mientras era seguido por miles de miradas incapaces de distinguir esa otra figura, enorme y etérea, semejante a un diamante negro cubierto por un uniforme de béisbol. Esa que también había hecho el swing un momento atrás, impulsando el madero con todas las fuerzas de sus manazas, y ahora sonreía a su lado con la lisura natural de los que saben que han existido y han dejado de existir (de la manera más convencional) solo para seguir provocando esas emociones que jamás podrían captarse del todo en ninguna de las cámaras enfocadas hacia los cientos de fanáticos que, contagiados por la efusión, desafiando en medio de gritos y empujones al cordón policial organizado para retener su avance, se habían lanzado al terreno para acercarse al nudo de jugadores que todavía se abrazaban con lágrimas en los ojos.

Los fuegos artificiales estallaban uno tras otro en los alrededores del estadio, el cartel de campeones resplandecía con grandes letras en la pizarra del center field. Él, aún no terminaba de creerlo al mirar las tribunas coreando su nombre: Él, que solo había sido el instrumento, apenas el simple medio visible que sujetó el madero y realizó el swing, sin más mérito que el de haber buscado la materia prima necesaria (el fragmento de hueso humano, un tabaco, la corteza de ceiba, los dos caracoles y el gallo negro); y el de arribar en alguna madrugada hasta aquella tumba del cementerio de Cruces, para repetir tres veces un nombre donde las letras parecían haber existido desde siempre solo para formarlo: Dihigo, Martín Dihigo, Dihigo… mientras el palero a su lado dejaba escapar bocanadas de humo de tabaco y regaba sobre la tierra, alrededor de la bóveda, la sangre aún tibia del gallo decapitado.

MARLON DARIEL DUMENIGO PAU (Trinidad, 1987).

Narrador. Ingeniero en Ciencias Informáticas. Miembro del Taller Literario José Martí de la Casa de Cultura de Trinidad y del Taller de Literatura Fantástica Espacio Abierto. Ha obtenido, entre otros, los siguientes reconocimientos: Premio en Poesía y Mención en Narrativa en el Encuentro-Debate del Taller Literario Municipal, Trinidad, 2011. Mención en Poesía en el Encuentro-Debate Provincial de Talleres Literarios, Sancti Spíritus, 2011. Mención en el Concurso de Cuentos La Casa Tomada 2011. Mención en la categoría de Cuento Fantástico en el Concurso Oscar Hurtado 2012. Mención en Cuento (en la Categoría de Autor Inédito) en el Concurso Mabuya 2012. Ha publicado en la antología Los cuerpos del deseo y su cuento Cordón Umbilical apareció en Korad 10.

Tomado de Revista Korad

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