Mitología cubana. El lado oscuro del monte. Por Gerardo E. Chávez Spínola

MITOLOGÍA CUBANA.  EL LADO OSCURO DEL MONTE.

Por Gerardo E. Chávez Spínola

La mocha encantada, Voces en el monte, La arboleda
embrujada, El Paso de los mulos, La ceiba que gritaba, El monte que no se podía
cortar, Escenario viviente.

Lugar excepcional, dotado por las más elevadas leyes naturales con capacidad de permutar su clásica postura de escenario inerte, en personaje venerable y sagrado, o en indolente protagonista siniestro. Rituales iniciáticos; percepciones secretas; sanaciones prodigiosas; ordalías totémicas; vivencias religiosas; complicidades tabuadas; manifestaciones extraordinarias; siniestras muertes y desapariciones inexplicables, han poseído por siglos vinculaciones con el enigmático territorio viviente del monte. Razón por la cual: la oscuridad de la noche, los más terribles miedos ocultos en lo profundo de la mente humana y este arcano espacio, han sido ingredientes habituales en cuentos populares, mitos y leyendas de muchos pueblos del mundo.

De esta manera, determinados especímenes, grupos de árboles y porciones de bosques naturales, fueron considerados diferentes al resto de sus congéneres, exclusivos e intocables, excitando vívidamente la imaginación de las más disímiles sociedades. Asumieron así características divinizantes, representando valores ante los cuales el simple humano debía rendir tributo. Pero muchos de los imaginarios colectivos de estos grupos sociales, fueron conformándose a través del tiempo y el espacio con características de eterna dualidad. De la misma manera que había una parte sagrada y benéfica del bosque, tendría esta su contrapartida en algún rincón oscuro y prohibido, donde presumiblemente se agazapaban las siniestras fuerzas del mal.

Hubo siempre quienes practicaban una visión del monte como sitio dispuesto para atravesar esa barrera de acceso a otros mundos. Para ellos, allí convivían lo concreto y físico, visibles en la percepción de lo cotidiano, con las formas abstractas e inmateriales solo perceptibles desde ciertos estados impersonales. Cuando por algún motivo, alguien no preparado para estas impresiones se tropezaba con un fragmento de ese “lado oscuro del monte”, la incertidumbre ante lo desconocido producía ese efecto aterrador. Pues lo espantoso y espeluznante suele despertar sentimientos angustiosos, sobre todo si ocurre en medio de escenario tan propicio para la creación de tal atmósfera, que posee el inmenso poder de despertar la omnipotencia de los temores más ocultos en el ser humano. (1)

Actualmente podemos apreciar como estos trascendentales dominios: el monte y lo siniestro se confabulan en una parte importante de las tradiciones mito poéticas cubanas, de la misma forma y sentido en que lo hacen con la Mitología Universal. Extraordinaria combinación para despertar las terribles fuerzas ocultas de ese reverdecido espacio, donde el mundo real de pronto es tomado por asalto, al admitir la presencia de criaturas y acontecimientos fantásticos que se hacen vivenciar como si fuesen reales, aunque luego, después de transcurrido cierto tiempo de estas supuestas vivencias, se nos presente para algunos la oportunidad de la duda indulgente de su existencia. Procedimiento benéfico que nos ha permitido a los simples e ingenuos profanos por siglos, conservar la cordura.

Así, rindiendo una vez más especial tributo a esa infalible triada de la noche, los miedos y el monte. Se exponen en escueta selección unas pocas leyendas cubanas recreadas de manera sucinta, de la maravillosa obra: Cuentos de Guajiros para pasar la noche, original de ese maestro relator camajuanense llamado René Batista Moreno, que bien pudiesen estar agrupadas, dentro de lo que nuestro inolvidable investigador y ensayista Samuel Feijóo llamase: Mitología Cubana de Terror y Misterio.

 

La mocha encantada

Los acontecimientos aquí narrados ocurrieron en una colonia del central Cunagua, en la provincia de Camagüey, por el año 1942, cuando el referente se personaba allí, para ver si podía laborar como machetero. El mayoral le explicaba, como no se permitía trabajar solo en los cortes de caña, pues había que hacerlo obligatoriamente en parejas. También le dijo tener mucha suerte, pues había un oriental esperando desde hacía días, a quién llegara para comenzar a trabajar. Se lo encontró en la fonda del batey y llegaron a un acuerdo, al parecer, extremadamente ventajoso para quien vivió esta historia. Aquel hombre aseguró al vivenciante de esta narración, no tendría que cortar caña; él cortaría por los dos. Afirmó, ganarían mucho dinero y sería dividido a la mitad. La única tarea encomendada a nuestro testigo, era hacer el desayuno y el almuerzo, para llevárselo al corte. Pero se puso muy serio el machetero, le miró a los ojos y antes de volver a hablar y en esa mirada había una amenaza terrible. Advirtió bien claro el oriental que, cuando llegara al monte, antes de entrar al corte de caña debía detenerse y llamarle primero, esperar por su respuesta y solo entonces podría llegar hasta él.

Temprano en la mañana del día siguiente, hizo nuestro referente el desayuno y se fue a llevarlo su nuevo socio. Desde lejos podía ver con asombro por encima de los verdores del monte, el ajetreo con los remolinos de paja en el corte y al acercarse, sentía el ruido de gran cantidad de mochas cortando desesperadamente. Parecía como si estuviesen trabajando más de cien hombres en aquel lugar. Estaba tan impresionado, que se le olvidó por completo llamar al oriental, sin embargo lo que vio, estaría recordándolo por toda la vida. A quien suponía cortando, estaba recostado a la sombra, debajo de un plantón, mientras muy cerca de él, una mocha cortaba sola, botando cañas para la pila, a velocidades sorprendentes. (2)

Cuando aquel hombre vio a nuestro testimoniante, se incorporó de un salto enfurecido; la mocha dejó de cortar, cayó inerte al suelo como si ya no tuviese vida; cesaron ruidos y remolinos. El oriental miró con rabia a nuestro relator, sacó del cinto un cuchillo y le cayó atrás para matarle, pero este logró evadirlo por unas yerbas de guinea muy altas y logró salvar su vida. Aquel hombre no volvió más por la zona y nuestro relator tampoco. Fue un gran misterio para la gente, puesto que ambos habían dejado todas sus pertenencias y desaparecieron. Un tiempo después, los lugareños llegaron a la conclusión que les mataron a los dos para robarles y los enterraron a ambos, dentro de aquellos cañaverales en medio del monte. (3)

 

Voces en el monte

En lo más apartado y solitario de la agreste foresta cubana y muy cerca de la costa, dos carboneros se atareaban en sus trajines, preparando el montículo de maderas recién cortadas para un horno de carbón, cuyo producto debía darles más de doscientas sacas. Cuando procedían a encenderle, oyeron ambos el converseo de muchas mujeres, como si viniese del otro lado del monte. Uno de ellos sintió curiosidad y quiso ir a ver qué hacían estas féminas en un lugar tan apartado. Pero el otro sintió mucho miedo y le pidió que no fuese. Como insistiese en acudir, el otro dio media vuelta y se marchó corriendo de allí, sin ni siquiera recoger sus cosas. Las voces venían acercándose, pero no se veía a nadie. Entre más cerca estaban, se ponían más violentas. En ese momento, se le quitaron las ganas de averiguar nada, e inició carrera en sentido contrario, a toda la velocidad de sus piernas. Corrió mucho, porque estaba acostumbrado a andar sobre el diente de perro y tenía la impresión que aquellas voces iban detrás de él, cada vez más cerca. Para su alivio, cuando logró salir del monte no las oyó más. Allí se le quedaron varios días de trabajo perdido y un horno a punto de encender, que hubiera podido dar mucho dinero. (4)

 

La arboleda embrujada

Detrás de una casa en medio del monte, había una arboleda muy grande, toda de matas de mango. Allí se daban frutos grandes, muy duces, pero nadie los recogía. Nuestro referente hubo de sentir curiosidad del desperdicio de aquellos mangos tan lindos y un campesino de la zona le explicó, que en ese lugar había un cementerio de esclavos. Muchos de esos muertos habían sembrado aquella arboleda, cuidaban de ella y no había quien se atreviese a entrar allí con intenciones de llevarse uno solo de esos frutos.

Pero el campesino del cual se ha referenciado esta narración, no creía en esas cosas y se puso de acuerdo con tres de sus mejores amigos, para ir hasta aquella arboleda. Llevaban muchos sacos, pensaban además de comerse algunos, recoger la mayor cantidad posible, para luego venderlos en su pueblo. Entraron al lugar y se dispusieron a recoger de los frutos sanos en el suelo, cuando de pronto, de nadie sabe dónde, apareció un vendaval muy grande formando un remolino. Tuvieron que abrazarse de los troncos de aquellos árboles, porque la ventolera amenazaba con levantarles del piso. Entonces comenzaron a golpearles los mangos elevados por el aíre. Golpeaban con tremenda fuerza y por todas partes del cuerpo. Por la cabeza, en la cara, por la espalda. No podían evitarlos. Si soltaban para protegerse, se los llevaban las enormes ráfagas. En cuanto aquello amainó, salieron corriendo de allí, sin poder hablar, ni tan siquiera gritar de los dolores por los golpes y sobre todo, por el miedo. (5)

 

El Paso de los mulos

Se desarrolla esta narración en la región de Manicaragua, provincia de Villa Clara. Al momento de ser entrevistado por el investigador René Batista Moreno, el referente contaba con 84 años de edad, pero los acontecimientos sucedieron cuando era mucho más joven, una noche en que iba desde el poblado de Jibacoa para el caserío de Pico Blanco, atravesando por un estrecho atajuelo abierto al monte a machete, cruzando la sierra. De repente vio muchos, pero muchos mulos. Llamó su atención, la ausencia de arrieros. Cosa muy extraña esa, pues a nadie se le ocurre armar un arria con tantas bestias y dejarlas en medio del camino. (6) Aquella increíble cantidad de animales allí atravesados, no le permitían el paso. Así que resolvió tomar otra vereda.

Algún tiempo después, cuando ya había olvidado lo sucedido, volvió a cruzar el monte por ese lugar y de nuevo ocurrió lo mismo. La multitud de cuadrúpedos desmandados le cortó el paso y tuvo que desviarse por otro trillo, lo cual tendría como consecuencia andar por tres kilómetros de más.

Un día, conversando con algunos amigos, les contó sobre los mulos y uno de ellos le dijo que lo mejor era apartarse y dejarlos pasar. Nuestro referente explica como hacía eso precisamente, pero le intrigaba mucho de quien podían ser los animales, pues no conocía a nadie por aquella zona, dueño de tantos mulos. A lo cual respondió el conocedor amigo, con voz muy segura y certeza total, como aquellos equinos formaban parte de una extraña visión, que acostumbraba a salir en ese lugar, y ya eran muchos quienes la habían visto. (7)

 

La ceiba que gritaba

Cercana a la vivienda y alejado del poblado, un colono tenía en su finca una ceiba bastante ancha y alta. Había quienes decían que tenía más de cien años. Es posible que sus raíces estuviesen afectando los cimientos de la casa, o tal vez a su mujer le molestaba estar barriendo todos los días las hojas caídas. El caso es que aquel hombre quería tumbar el árbol. Como la gente tenía sus miedos y supersticiones con la cuestión de tumbar una ceiba, (8) el interesado no encontraba quien se atreviese. Y es así, como viene a incorporarse el referente de esta historia, pues fue él quien aceptó el trabajo. Le daban veinte pesos, todo un capital en aquella época y no estaba creyendo en cuentos de camino. Buscó a su hermano y dos primos, se aparecieron en el lugar muy temprano en la mañana y comenzaron a cortar el tronco. Con el primer hachazo, se sintió un grito humano, resonante y espantoso. Todos intercambiaron miradas de asombros. De seguro pensaron que alguien les estaba jugando una broma. Al segundo hachazo, vino otro grito, todavía más tétrico que el primero. Estaban todos muy alterados, pero los nervios les dieron por cortar y cortar. Mientras más cortaban, la ceiba gritaba con alaridos cada vez más horripilantes y lastimeros. De repente, el anchísimo tronco emitió un sonido de maderas rajantes, amenazador y estrepitoso. Una grieta se abría y del oscuro interior comenzaron a salir culebras, avispas, murciélagos, lechuzas, sapos grandísimos y unos enormes gatos negros, erizados y furiosos como fieras. Aquellos felinos rabiosos les fueron encima, sus garras y colmillos desgarraban sin piedad las carnes de los profanadores. Corrieron los cuatro sin parar hasta llegar al pueblo y cuentan, que allí junto a la casa hoy en ruinas, está la ceiba todavía. Porque nadie se atreve a cortarla. (9)

 

El monte que no se podía cortar

Esta historia sucedió cuando la situación económica en Cuba era extremadamente deplorable. No había dinero, ni trabajo en ninguna parte y se hacía muy difícil para el hombre de campo, ganarse unas monedas que le permitiesen alimentar a su familia. Así podrá comprenderse el motivo por el cual, quien refiere estos sucesos se puso muy contento, cuando aquel mayoral le habló para contratarle con la finalidad de desbrozar una zona de monte, cercana a un caserío de haitianos. Refiere quien cuenta estos acontecimientos, como buscó a seis amigos suyos, muy trabajadores y necesitados de ganarse unos pesos y a la mañana siguiente le entraron al monte como si fuesen fieras, hasta que buena parte de la maleza quedó totalmente despejada.

Pero al regresar el día siguiente, quedaron todos perplejos ante el panorama mostrado a sus ojos. ¡Aquel monte estaba intacto…! Como si allí no hubiesen pasado ellos ni un solo tajo de machete, ni sus hachas hubiesen talado tronco alguno. Boquiabiertos y pasmados, cuando el asombro les permitió recuperarse y después de asegurarse que no se habían equivocado de lugar, acordaron trabajar sin detenerse a desayunar, ni almorzar, para poder cumplir el plazo acordado con el contratante. De esta manera, trabajaron exasperadamente desmochándolo todo y se fueron cuando ya casi estaba anocheciendo. Al otro día regresaron para comprobar desolados la misma situación. Aquel monte estaba de nuevo en píe, como si no hubiesen hecho absolutamente nada.

Se pusieron de acuerdo, para ir a contarle a mayoral los extraños e inexplicables acontecimientos. Quien como era de esperarse, no les creyó una sola palabra. En realidad, la única forma de convencerle era que él mismo lo viese con sus propios ojos. Así pudieron convencer al contratante para hacer acto de presencia en la tarde siguiente, cuando ya hubiesen ejecutado la mayor parte del trabajo. Así lo hizo, para retornar con ellos en la mañana del próximo día, y comprobar con asombro que era totalmente cierto y verdadero lo que ellos le contaban. El referente de esta historia narra, como aquel mayoral se quitó el sombrero y rascaba la cabeza aun sin salir de su perplejidad. Luego de un tiempo, aceptó aquella situación enigmática y les pagó el trabajo como si lo hubiesen realizado. (10)

 

Escenario viviente

No solo la foresta se anima para los mitos y las leyendas. El monte como escenario viviente, pervive de muchas formas a través del Imaginario Popular. Lo hace en las tradiciones locales; el folclor y la literatura; las más diversas líneas de pensamiento devocional y de manera más reciente, en ese interés renovado por conservar y proteger los bosques desde el moderno y actual enfoque ecológico, donde tantos propósitos, intenciones, signos y símbolos, mantienen cierta continuidad íntima, como si fuesen extensión inconsciente y natural de los más antiguos ritos arbóreos.

Así somos convocados, casi tal vez provocados a inusual comunión con esa singular visión de lo desconocido, en medio de aquel escenario reverdecido y misterioso, donde la incertidumbre reina. Se nos coloca entonces a merced de profundas expectativas, que a través de las creaciones y recreaciones producidas por este imaginario social, perviven en esas antiquísimas relaciones entre la foresta viviente y los remotos vestigios del pensamiento humano. Consonancias que permiten, prosiga el eterno llamado secreto al despertar de nuestros más primitivos y ocultos tonos pasionales allí, en ese enigmático “lado oscuro del monte”.
Notas
(1) Gerardo E. Chávez Spínola: “El camino y lo siniestro”. Artículo www.cubarte.cu

(2) Gerardo E. Chávez Spínola: “Tres duendes de la mitología cubana”. Artículo Revelaciones, 30 de mayo de 2012, www.cubaliteraria.cu
(3) René Batista Moreno: Cuentos de guajiros para pasar la noche. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007, p. 141.
(4) Ibídem., p. 238.
(5) Ibídem., p. 147.
(6) Gerardo E. Chávez Spínola: “El camino y lo siniestro”.
(7) René Batista Moreno: Ob. cit., p. 180.
(8) Gerardo E. Chávez Spínola: “El árbol del mundo en el imaginario cubano”. Artículo www.cubarte.cu
(9) René Batista Moreno: Ob. cit., p. 231.
(10) Ibídem., pp. 236-238

 

Publicado en Cubarte, enero 2014

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/columnas/imaginario-popular-mitologia-cubana/11.html

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