¿ACHÉ PA TÍ O QUE LA FUERZA TE ACOMPAÑE?, por Erick J. Mota

¿ACHÉ PA TÍ O QUE LA FUERZA TE ACOMPAÑE?

Notas sobre la encrucijada de escribir Ciencia Ficción en Cuba.

Por  Erick J. Mota

 La encrucijada del elfo y el güije.

Logo Evento BEHIQUEImaginemos por un momento que queremos escribir una obra de la talla de El Señor de los Anillos. Pero no tenemos una cátedra en Oxford, ni ayudamos a escribir la Enciclopedia Británica.

Hemos nacido en Cuba, pero nos sigue gustando la fantasía heroica. Somos, además, escritores de fantasía y ciencia ficción (incluso somos buenos escritores). Y vamos a intentar escribir un libro (uno solo) que recree una épica de alta fantasía al estilo de El Señor de los Anillos. Muchos lo han intentado en otros países.

¿Por qué no habríamos de intentarlo nosotros? ¿Cuáles serían nuestros primeros problemas cuando nos lea un lector nacido también en Cuba, tierra del ron y el tabaco, la mulata y el son? Para empezar que en Cuba no hay elfos. Esa es una mala noticia para los entusiastas. En las leyendas que enriquecen el pasado cultural de nuestro país no hay elfos. Tampoco hay hadas, gnomos, goblins, trolls, enanos y demás seres feéricos.

¿Significa esto que estamos obligados a poblar nuestra nueva “tierra media” de güijes y chichirikús? En las islas británicas la tradición feérica, así como la tradición heroica de los cantares de gesta, no es tan fuerte como en el resto de Europa. Posiblemente el Reino Unido posea menos leyendas de duendes y hadas que países como Noruega, Alemania o la propia España (nuestra madre cultural). Incluso una lectura más profunda a ESDLA nos indica que la mayoría de las tradiciones, las estéticas medievales, e incluso el propio universo fantástico fue creado a partir de códigos extranjeros. Pero… ¿quiere esto decir que se salvaron los unicornios y las hadas de ser sustituidos por güijes y madres de aguas? Hagamos una aproximación a los elfos de Tolkien que han servido de modelo globalizador para cientos de otros elfos posteriores en universos como Dugeons & Dragons. Los elfos de ESDLA no se parecen a ninguna tradición cultural feérica registrada ni en Inglaterra ni en el resto de Europa. Nada que ver con los pequeños duendes del bosque, o con las deformes criaturas que barren las casas en la noche. Los elfos de Tolkien son altos, esbeltos, fuertes. Son casi modelos utópicos del hombre nuevo de Marx o el ario superior de Hitler. Son el superhombre de Nietzsche con orejas puntiagudas y hablando una curiosa mezcla de finlandés con danés.

Este “elfo”, ya no tan élfico, creado casi artificialmente por un escritor de un país con una mínima tradición “élfica” fue el modelo que se ha seguido en la posteridad dentro de la Fantasía Heroica. El modelo élfico según Tolkien ha hegemonizado la cultura de la Espada y Hechicería Europea y Americana. Al punto que una relectura del elfo, siguiendo una pauta más tradicional como en el caso de los elfos domésticos de JK Rowling, genera incomodidad en los lectores que gruñen la frase: “Pero los elfos no son así, los elfos son bellos, altos y grandes guerreros. Los elfos son como dijo Tolkien, que es el que sabe.” ¿Qué hizo Tolkien para lograr que una ficción se fusionara más al imaginario popular que las antiguas tradiciones culturales? Nada nuevo. Simplemente fue original y tomó lo que le gustaba del legado cultural europeo. Pero lo hizo sin copiar. He aquí una buena lección, ya no solo para el escritor de fantasía heroica sino para los escritores de ciencia ficción y fantasía en general. Podemos tomar prestado de otros imaginarios pero jamás debemos copiar. Porque si copiamos los elfos o los unicornios ya no estaremos en posición de crear algo nuevo. Estaremos escribiendo nuevamente el Señor de los Anillos pero en español.

En la Solarística o en la Estrella de la Muerte.

En ciencia ficción sucede algo parecido. Del mismo modo que la fantasía heroica está inspirada en el bagaje cultural, la ciencia ficción está ligada al desarrollo científico-técnico de cada nación. En tal caso nosotros estamos en desventaja táctica.

A principios de los años 60 los soviéticos comenzaron la carrera espacial y a finales los norteamericanos caminaron por la luna. Nosotros, la tierra de las palmas y la revolución, tuvimos Playa Girón, Crisis de Octubre y Escambray. No había tiempo para pensar en la ciencia, en el progreso o en los dones de la tecnología. Estábamos muy ocupados cambiando el presente como para poner nuestros ojos en la Luna, las computadoras o los autos del futuro. En los años 80, nuestra nación estuvo más ligada al proceso de desarrollo científico-técnico. También podemos afirmar que de haber existido una Edad de Oro en la ciencia ficción cubana habría sido en esta década. Pero el desarrollo de la ciencia e ingeniería en Cuba fue un proceso estrechamente asociado (más bien satelital) a la Unión Soviética. Así los cubanos pusieron sus ojos en el cosmos de un modo diferente a los norteamericanos en los sesenta. Cuba miró la conquista espacial desde un lente soviético de naves Soyuz. Era de esperar que la ciencia ficción de la década se caracterizara por copiar los modelos soviéticos y de Europa del Este. De igual modo se creó una literatura pensada más como propaganda política que como mercado o arte.

Quedó demostrado que Cuba no podía ser el país de los ingenieros y los científicos. ¿Pero acaso esta desventaja táctica nos condena a copiar modelos de la ciencia ficción extranjera? ¿Es esta la maldición de la tierra del turismo y las mulatas? ¿Escoger entre la épica espacial de Robert Heinlein o la utopía cósmica de Efremov? ¿Decidir entre Neuromante o Stalker?

En lo personal no creo que copiar sea la única alternativa. Siempre tendremos la opción de Tolkien y crear nuestros propios elfos (o nuestros propios guijes, a estas alturas ya no importa). Darle la oportunidad a la creatividad y a la originalidad también es una opción. A diferencia de Norteamérica, Europa y América Latina, Cuba tiene la influencia de la antes mencionada ciencia ficción del Este. No hablo ya de utopías socialistas sino de autores como Stanislav Lem o los hermanos Strugavsky. En la tierra del tabaco y el ron se han visto por igual el Star War de Lucas y el Solaris de Tarkovsky. Eso es un caldo de cultivo único para posibles épicas y estéticas dentro de la ciencia ficción del futuro.

Del mismo modo que Tolkien pudo influenciarse por igual del Cantar de Roldán y Gilgamesh, nosotros podemos reinventar nuestro propio romance tecnológico. Con influencias tanto de los Caribdis en Iris, como de los Caminantes Imperiales en Hoth.

 Cyberpunk, Biopunk, Chamán-punk… ¿Orishapunk?

Autores latinoamericanos de última generación se han decidido por crear cosmogonías propias en lugar de seguir los modelos norteamericanos y europeos ya establecidos en el género. El famoso y controvertido cyberpunk y sus descendientes neocyberpunk, biopunk y otros punk, llegó a América Latina para quedarse. Posiblemente porque en el sur ya se vivía un poco distópicamente, ya se consumía la alta tecnología foránea y la sociedad era un tanto subreal. Pero no es igual cuando la pobreza se imagina desde un apartamento de Londres o frente a una computadora portátil Macintosh en Rhode Island. Hacer ficción sobre la pobreza, la inflación o las guerras civiles tiene un sabor distinto cuando se escribe en las calles de ciudad Guatemala o DF en México. Así los autores latinos han escrito sus propios no-sé-qué-punk y han formado su propia dinastía dentro de la familia punk que Gibson y Stirling fundaran en los años ochenta.

Jorge Baradit, en Chile, se leyó el Neuromante y escribió Ygdrasil. Tomó el cyberpunk clásico y lo mezcló en buenas dosis con chamanismo y espiritismo. Ahora se le llama Chamanpunk y forma parte del canon de la ciencia ficción actual. Los autores mexicanos también se leyeron a William Gibson pero no lo copiaron tal cual. Le imprimieron algunos detalles propios de su sociedad, tales como la violencia, la superpoblación y la propia cultura mexicana. Vio la luz un nuevo tipo de cyberpunk latino que, hoy por hoy, marca la diferencia con el cyberpunk anglosajón del mismo modo que los elfos de Tolkien se alejan de los elfos clásicos europeos.

La actual ciencia ficción que se hace en Latinoamérica, violenta y chamánica, es también una influencia, un motivo de inspiración, pero nunca un movimiento que deba ser seguido o copiado fielmente. La ciencia ficción de la America continental proviene de una cultura de hacinamiento en grandes ciudades donde los habitantes de cada barriada se cuentan por millones. Donde el robo y desguace de autos puede pasar de actividad ilegal a industria local. Pandillas y grupos urbanos que hablan su propia jerga inteligible. Todo ello forma parte de la realidad de Ciudad México o Bogotá. Una nueva cultura que roza al Cyberpunk de la ficción en una realidad sin neón y con indios discriminados.

La cultura indígena, la africana y la europea del continente tienen sus diferencias con la de las islas. Cuba es una rara avis con sangre latinoamericana y también sangre del Caribe. Colección de islas donde se mezclan todos los estereotipos turísticos con los escenarios más macabros y sangrientos. Pesadillas caribeñas como Trujillo, quien rigió República Dominicana con mano de hierro, del mismo modo Sauron regía

Mordor con su Ojo Sin Párpado. O François “Papa Doc” Duvaliery, con tantos poderes mágicos atribuidos que hacían palidecer al mismo Rey Brujo de Angmar. O los Tonton Macoute (1) cuya aurea oscura consiguió hacer de los nazgûl jinetes amigables vestidos de un modo estrafalario.

 Dí ekobio y entra.

Por otra parte, nuestra herencia cultural es única en su tipo. Es el fruto de una rara mezcla de culturas. La tradición hispánica nos provee no solo de gnomos sino de épica en su estado más puro. Y si alguien lo duda que compare el Mío Cid con El anillo de los Nibelungos o con el Cantar de Roldán. La epopeya española de la lucha contra el dominio musulmán posee todos los elementos de la épica clásica que sirvieron de base a la Espada y la Hechicería.

La cultura Yoruba, la Bantú y las tradiciones carabalís por medio de la oralidad nos han legado una épica muy particular llena de sabiduría y consejos sobre ética y sentido común. La sabiduría del oráculo de Ifá transmitida en forma de patakies orales en lugar de cantares de gesta escritos en runas da forma a una cosmogonía muy particular como la Yoruba. Además de introducirnos en el pensamiento abstracto de un imperio comercial que desarrolló el algebra binaria cientos de años antes que Boole. Las epopeyas de Shangó, Oggún u Oshosi son una épica inspiradora no solo para una probable nueva Alta Fantasía sino para una ciencia ficción propia y original. El secretismo, la ética y el simbolismo ñáñigo, heredero de la tradición carabalí, han nutrido el imaginario popular. Abakuá, tanto como sociedad secreta y hermandad que como tradición teológica y abstracta, constituye un reservorio incalculable para la ficción. Tanto en estereotipos de corte policiaco como en cuanto a abstracciones o estéticas que marcan la diferencia con otras culturas africanas: la cultura ñáñiga. Tanto como la propia lengua efik (2), de la cual muchos vocablos como ekobio, asere o nawé ya son parte de la forma de hablar de estos tiempos.

Los güijes no son una herencia del todo africana. Llegaron a la isla en las canoas araucas, junto a los cemíes en lo alto de las palmas, a dioses ocultos en las tortugas o los murciélagos y al dios del mal que limpia su plumaje en un foso entre las lomas o transforma mujeres en mariposas nocturnas y niños en matas de guao. Un todo en uno, tan raro y tan exótico que ni el propio Tolkien habría podido concebir con su desbordada imaginación de enciclopedista de Oxford. En Cuba, las leyendas europeas de jinetes decapitados se mezclan con seres míticos taínos. Las leyendas de cagüeiros en los campos de Cuba poseen el mismo nivel de suspenso y terror de las historias de hombres lobos en Europa o los wendigos en Norteamérica.

Claro, no se trata de hacer antropología recreativa. Pretendemos hacer ficción y hacerla bien. Pretendemos incluso hacer épica fantástica. Por lo que el consejo del maestro sigue en pie. No podemos copiar. Tanto nuestra cultura como la foránea debe ser inspiradora para nuestra creatividad. Jamás puede ser un patrón canónico a seguir.

No es necesario hacer un ESDLA en Cuba, tierra de mambises locos que enfrentaban con machetes de acero de Toledo a regimientos de infantería española armada con fusiles y artillería alemana. Tierra donde sacerdotes de las islas del Caribe sacrifican vacas en la enganga de la Loma del cimarrón; y a solo 200 metros de allí, en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, reposa el premio Nobel de literatura entregado a Ernest Hemingway.

Definitivamente no. Si escribimos una novela épica a partir de nuestra épica diaria. Inspirada en lo mejor de lo escrito sobre fantasía heroica y apoyada en nuestro pasado cultural. Ya no habremos escrito El Señor de los Anillos. O Tropas del Espacio. O Neuromante. Habremos escrito otra cosa. Algo tan diferente y único como lo es el cubano mismo. Cubano que en cualquier parte del mundo (de Tokio a New York) es capaz de romper el silencio para gritarle a un compatriota: “!Asere, qué bolá! ¿Y tú que haces por aquí?”

Aquello que nos atrevamos a escribir siendo eso que somos. Estemos orgullosos o no de nuestra isla y nuestro mar Caribe. Pese a nuestro deseo de haber nacido ingleses y profesores de Oxford. Aquello que seamos capaces de crear siendo simplemente lo que somos. Es posible que en el futuro sea considerado canónico. Incluso es muy probable que otros norteamericanos, rusos e ingleses comiencen a copiarnos. Así como ahora intentamos copiar al profesor Tolkien.

 

Leyenda.

1. Cuento popular haitiano en el que se amenaza a los niños con la visita del “Hombre del Saco”, o el Tonton Macoute. Se pronuncia en creole Tonton macut. Durante la dictadura de “Papa Doc” se les llamó así a sus Escuadrones de la Muerte.

2. En realidad se trata del bricamo, un lenguaje ritual que mezcla dos lenguas de diferentes tribus carabalíes, el efik y el ibibiú, cuya oralidad ha conservado la tradición abakuá.

 

Artículo publicado en Cuenta Regresiva, revista ezine divulgativo de CF y F, septiembre 2011.

 

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