Ago 16

Cuentos ganadores del Concurso Mabuya 2014

Cuentos premiados del Concurso Mabuya 2014

  •  Primer lugar

 Cuento: Izokumi

Seudónimo: Alex DeLarge-Stilgar

Autor: Alexy Dumenigo Aguila

  • Menciones

 Cuento: Buffer Overflow

Seudónimo: Zivot Zen

Autor: Ángel Omelio George Varela

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 Cuento: El sueño del A380

Seudónimo: Dera

Autor: Nelson Ochagavía Callejas

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Cuento: SN187

Seudónimo: Aba

Autor: Malena Salazar Maciá

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 Cuento: Invasión por cuenta propia

Seudónimo: Alexander War

Autor: Ernesto Alejandro Guerra Valdés

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  • Primer lugar

 Cuento: Izokumi

Seudónimo: Alex DeLarge-Stilgar

Autor: Alexy Dumenigo Aguila

A las víctimas de Hiroshima y Nagasaki.

 A los que sobrevivieron, los hibakushas.

 Comenzó con un destello. Una luz muy blanca que de pronto llenó cada rincón del pequeño cuarto de hospital y traspasó los parpados cerrados de la niña. Las pesadillas que la habían acosado desde la noche anterior se desvanecieron y despertó. Sin embargo no pudo abrir los ojos con tanta luz a su alrededor. Había murmullos en el cuarto y la niña supo que allí estaba su familia velando por ella, aunque no pudiera verlos.

La voz de su padre era como el golpeteo constante de un pistón, una máquina de muchas revoluciones por segundo. La madre, casi en un susurro, le mandaba a hablar más bajo y él obedecía, pero luego el tono iba subiendo hasta que ella lo volvía a reprender una y otra vez. “Despertarás a Izokumi”, le advertía a cada rato. Nunca se enojaba con él porque siempre fue igual. Antes de la guerra. Antes de llegar a Nagasaki con la familia a cuestas, buscando un trabajo en la fábrica. El abuelo Shintaro cuando quería molestar a su yerno decía: “A Ichiro le fue tan bien en la fábrica porque él es una máquina”, y se ponía a caminar con movimientos rígidos y veloces, imitando la forma de hablar de Ichiro. Entonces el pequeño Takeshi se reía hasta caer de espaldas y también Izokumi. Ichiro se ponía muy serio y lo llamaba Loco Shin y después ambos rodaban por el suelo halándose los cabellos hasta que la madre de Izokumi llegaba repartiendo escobazos al marido, al viejo, a los niños, a todos por igual.

—Mineko, —habló de pronto el abuelo con su voz cascada y grave— parece que tu hija despertó.

Algunas sombras aparecían difusas por el cuarto. Los contornos se iban delineando. Vio el rostro de su madre muy cerca del suyo y una mano que subió hasta posarse en su frente.

—Ya no tiene fiebre. —dijo la madre.

— ¿Está despierta?—preguntó el padre.

—Sí. —respondió Mineko y se volvió hacia Izokumi— ¿Te sientes mejor?

La niña asintió y se estiró bajo las sábanas.

A un lado de la cama estaba el pequeño Takeshi mirándola fijo. Tenía las manos a la espalda y la mirada traviesa.

— ¿Qué escondes ahí?—preguntó Izokumi.

Takeshi dejó escapar una risita. Aún no hablaba mucho.

—Vamos. —insistió Izokumi. —Enséñamelo.

El niño alargó sus manitas y dijo:

—Sembatsuru.

En el nido formado por sus manos, una cigüeña de papel extendía las alas.

“Aprende rápido”, pensó Izokumi. “Ya no solo sabe decir sembatsuru, también puede hacer uno”. Cierto que las formas eran toscas, el cuello demasiado largo, el pico demasiado corto, las alas disparejas… Pero a Izokumi le pareció hermoso.

—Es muy lindo, gracias. —dijo mientras lo tomaba con la punta de los dedos. Luego miró a su padre y a los bultos y maletas que estaban a su lado, en un rincón de la estancia. — ¿Qué hora es?—le preguntó.

Ichiro miró su muñeca pero no traía reloj. Izokumi recordó entonces que su padre lo había vendido, junto con tantas otras cosas, para tener una reserva en aquel viaje. Un reloj no les pareció tan importante, las bombas caían sobre Nagasaki a cualquier hora del día y por eso debían salir de allí. Ir a las montañas con el tío Daisuke, ese era el plan hasta que Izokumi enfermó.

—Poco más de las once. —respondió Ichiro luego de consultar con alguien en el pasillo y volver a cerrar la puerta.

—Ya estoy bien. —dijo Izokumi.—¿Podemos irnos?

—Es mejor esperar a que te mejores por completo. —dijo la madre.

—No quiero seguir siendo un peso muerto.

— ¡No digas eso!—le gritó la madre con el rostro congestionado. Izokumi se sintió avergonzada y quiso responder algo pero Mineko volvió a hablar: —Nunca vuelvas a decir algo como eso.

—Disculpa, mamá. —dijo Izokumi y los ojos se le humedecieron— Pensé que no iba a despertar.

— ¡Tonterías!—dijo el abuelo— Tú eres una sobreviviente, siempre lo he dicho.

Los padres de Izokumi hicieron un gesto afirmativo que tenía algo de solemnidad. Takeshi los miró y también movió su cabecita. “Esa tonta historia otra vez”, pensó Izokumi y temió que le fuesen a contar sobre lo que pasó el día de su nacimiento. De nuevo aquella historia de cómo la pequeña Izokumi nació sin vida en una salita de hospital no muy diferente de aquel cuarto. Mineko siempre lloraba al evocar el recuerdo de la enfermera llevándose el cuerpecito inmóvil y ella gritando hasta caer desmayada y entonces, al despertar, Mineko encontraba el bebé entre sus brazos, un bebé que respiraba y dormía plácidamente. Nadie, juraba Mineko, recordaba haber sido testigo de la resurrección, ni haberle devuelto el bebé mientras ella dormía. “Ya estoy grande para estos cuentos”, se decía Izokumi. No creía una sola palabra de aquella leyenda familiar, pero escuchaba las historias con respetuosa resignación.

Pero nadie contó la historia de Izokumi. Ni esa ni las demás. El rugido de unos motores se acercaba por encima de la ciudad. En los pasillos se oyeron carreras y algún que otro grito. El sonido se fue apagando lentamente y todo el hospital quedó en calma.

 

—No creo que vuelvan a bombardear cerca del hospital. —dijo el abuelo.

— ¿Cómo puedes saberlo?—rezongó Ichiro—Cada día estás más loco. Tenemos que irnos. Mineko, ayúdala a vestirse. Vamos.

—Pero Izokumi…

—Nada, mujer. Ella dice que está bien… ¿Cierto, hija?… Ya ves, está bien.

Ichiro no paraba de hablar al mismo tiempo que revisaba en los equipajes los bultos de ropa y los pocos objetos imprescindibles. Lo demás se había quedado en la casa. El primer impulso de Izokumi fue preguntar por sus muñecas. Luego pensó que estaba siendo infantil. Su madre le decía que pronto se convertiría en una mujer y ella también lo pensaba. Se acabarían los tiempos de jugar con las muñecas o subirse a los árboles o perseguir a pedradas a los niños que le gritaban Loco Shin a su abuelo.

—Hay demasiada calma y la gente anda por ahí como si nada. —dijo Shintaro— Esta calma no es buena.

—Ahora estás preocupado. No hay quien te entienda. —gruñó Ichiro.

Izokumi sintió hambre pero no dijo nada. Le pareció que aquello de estarse quejando todo el tiempo y pidiendo comida también era una forma de ser infantil. Con disimulo se llevó una mano a la barriga. Sonaba raro allí dentro. Mineko la miró con el rostro serio, que luego se fue transformando en una sonrisa. Salió del cuarto y regresó con un vaso en las manos.

—Toma, un poco de agua con azúcar. —le dijo—Cuando lleguemos a la casa del tío Daisuke, seguro tendrá dulces.

Izokumi apuró el vaso y terminó de vestirse.

Después, todos salieron a la calle. Izokumi se sentía feliz, aunque no era un día particularmente hermoso. Tampoco podía decirse que las cosas hubieran cambiado desde su entrada al hospital. Las huellas de los bombardeos recientes seguían allí. La gente se movía con prisa, mirando unas veces al suelo y otras mirando hacia arriba con algo de inquietud, pero continuaban su camino.

—Puede que tengan razón. —decía Shintaro, que llevaba a Takeshi sobre su espalda.—A lo mejor ya no hay de qué preocuparse. Yo creo que la guerra terminará pronto.

Ichiro soltó un resoplido  y se secó las gotas de sudor que perlaban su frente. El calor era intenso y el aire no circulaba por las calles estrechas, flanqueadas por tantos edificios de madera que se amontonaban unos sobre otros. Se detuvo, volvió a acomodarse la improvisada mochila y le dijo:

—Viejo, tú no eres político y hace tiempo que dejaste de ser soldado. Ahora solo eres el Loco Shin. Vamos. Camina más y habla menos.

Y echó a andar. Izokumi observó al abuelo, que permaneció silencioso por un buen tramo del camino y luego comenzó a contarle a Takeshi una de sus historias sobre samuráis. Mineko le decía algo a su esposo en voz muy baja y el otro asentía como apenado. Izokumi se alejó de ellos y caminó junto a su abuelo para escucharlo mejor, pensando que las historias de samuráis no eran infantiles porque a todos les gustaba oírlas. Takeshi dormía con la cabeza apoyada en el hombro del anciano y aún despierto era muy pequeño para comprender tantas palabras juntas, pero el abuelo seguía hablando sin parar.

Decía Shintaro que su abuelo había sido un samurái, de los rebeldes de Satsuma, pero la gente no le creía muchas cosas al Loco Shin. Izokumi sí había visto la fotografía antigua y borrosa de aquel hombre muy serio, imponente con su armadura puesta y la mano sobre la katana, que parecía mirarla fijo.

—Se llamaba Gonsuke Azukawa y era tu tatarabuelo. ¿Y sabes que se decía de él? ¿Eh, Takeshi? Pues que era inmortal.

Takeshi seguía profundamente dormido.

— ¿Inmortal?—dijo Izokumi tratando de seguirle la corriente a su abuelo.

—Así es, inmortal. Lo vieron caer muerto en muchos combates y hasta más de uno afirmaba haber visto su cadáver  pisoteado bajo los cascos de los caballos.

— ¿Y entonces?—preguntó Izokumi, aunque conocía de memoria la leyenda.

—Entonces aquellos que lo habían visto caer, de pronto volvían a verlo en otro lado del campo de batalla, unas veces a caballo, otras a pie, siempre empuñando la katana y aquella expresión en su cara… Yo lo recuerdo de viejo, y nunca se reía.

A Izokumi la asaltó una duda.

—No entiendo, abuelo. Si dices que era inmortal, ¿por qué no está ahora con nosotros?

Izokumi no logró escuchar la respuesta. En aquel momento sintió que el aire se llenaba de gritos y lamentos. Cerró los ojos tan solo por un segundo y al abrirlos el abuelo ya no estaba a su lado. Tampoco su hermano ni sus padres. Las casitas de madera habían sido arrancadas de a ras del suelo y a lo lejos, tan lejos como la vista alcanzaba, solo se veían ruinas y el aire trasportaba todo el polvo y las cenizas. Una mujer pasó por su lado y la miró con extrañeza, luego siguió su camino. Izokumi vio las terribles quemaduras en la espalda de la mujer y su andar inseguro. A solo unos pasos de ella, un hombre aplastado bajo una pared pedía ayuda. Los gritos llegaban desde todas partes.

—Veo que no me prestas atención. —dijo el abuelo.

Izokumi contuvo las ganas de gritar y miró a su alrededor. Su familia caminaba junto a ella. Las casitas de madera, intactas, iban quedando atrás mientras ellos tomaban el viejo camino hacia las montañas.

—Lo siento, abuelo, creo que estaba soñando despierta. ¿Me puedes repetir…?

—Te decía que mi abuelo no era realmente inmortal, solo un sobreviviente. Igual que tú.

Izokumi no dijo nada. Para su sorpresa, Shintaro también dejó de hablar. Los padres hacía rato que caminaban en silencio y Takeshi estaba despierto, pero no hacía otra cosa que mirar las copas de los árboles y los pájaros que pasaban. El frescor bajo la sombra de los cerezos  y el canto de las aves inspiraban calma.

Recordó cuando aún vivían en el campo. Había un viejo cerezo a la orilla del río y en primavera la corriente del río era muy fuerte. A los niños del lugar les gustaba subirse a aquel árbol pero su madre le prohibió terminantemente aquel tipo de juegos. Un día los niños llegaron corriendo a contarle a Mineko que su hija se había caído del viejo cerezo y las aguas furiosas se la habían llevado. La buscaron siguiendo el curso del río hasta que se hizo de noche, sin resultado. Al regresar a casa, allí estaba Izokumi. Ella solo recordaba haber estado buscando caracoles a poca distancia de allí, río arriba. Nadie le creyó y ella nunca pudo entender por qué sus amigos mentían, ni por qué aquel pescador afirmó haber visto su cuerpo flotando en la corriente. “Supongo que hay personas a las que les gusta mentir”, pensó. Por eso decidió nunca contar lo que había visto en el río. No les dijo que, mientras recogía caracoles, alzó los ojos y vio en la otra orilla un anciano que vestía un hakama blanco y llevaba sus dos espadas al cinto. Un hombre de rostro inexpresivo y cabellos blancos que la miraba fijamente. Lo extraño era que en aquella época el abuelo Shintaro aún no le había mostrado la fotografía del samurái, pero Izokumi estaba convencida de que se trataba del mismo hombre, solo que más viejo.

—No deberías estar aquí. —le dijo uno de los hombres a su izquierda. Izokumi los miró desconcertada. Una vez más, todo era ruinas, polvo y cenizas.

— ¿Qué pasó?—fue lo único que atinó a decir.

—Una bomba. —dijo otro. Eran tres y juntos trataban de levantar el tabique para liberar a aquel hombre que ya había perdido las fuerzas, incluso para gritar.

—No, era algo peor que una bomba. —dijo el tercero. Izokumi vio con repulsión su cara chamuscada a medias. —Pero tú…—continuó—Tú no tienes una sola marca. Es raro.

—Tienes que salir de aquí. —repetía el primer hombre.

Izokumi cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir. Vio las copas de los árboles y también el camino que serpenteaba frente a ella. A poca distancia, sentado sobre una roca y apoyando la espalda en el tronco de un árbol, estaba el viejo samurái vestido de blanco. Tuvo la sensación de que todo aquello se iba haciendo menos real. Se secó el sudor frío que le bañaba el rostro y miró hacia atrás. Nadie. Estaba sola con aquel hombre, pero no sintió miedo de él. Temía por su familia.

Se acercó al samurái. Parecía dormido.

—Hola, Izokumi. —dijo él sin molestarse en abrir los ojos.

—Mi familia. ¿Adónde se fueron?— preguntó Izokumi angustiada.

El samurái no respondió. Tenía una expresión meditabunda.

—El camino está a punto de colapsar, Izokumi. —dijo el samurái.

Izokumi no entendió. Aquel hombre le recordaba mucho al abuelo Shintaro.

—No. Yo no estoy loco, Izokumi. —el samurái había respondido a sus pensamientos.

—Disculpe, señor.

—Puedes decirme Gonsuke. —dijo él.

—Gonsuke-sama. ¿Qué está pasando?

El viento había dejado de soplar y las hojas de los cerezos no se movían. El canto de los pájaros fue amainando hasta hacerse un silencio total. El paisaje ya no inspiraba calma, solo conseguía agobiarla. Izokumi seguía esperando una respuesta.

—Imagina que viajas por un camino a través del bosque. —comenzó a decir Gonsuke.

“Más acertijos”, pensó Izokumi.

—Ya lo entenderás. —dijo el samurái pacientemente y continuó: — De pronto, llegas a un precipicio. Debería haber un puente, pero el puente se ha roto. ¿Qué harías?

Izokumi lo escuchaba en silencio. Asustaba tanta quietud en el paisaje. Con las manos sobre los ojos miraba a lo lejos, a un extremo u otro del camino. Ni rastro de los suyos.

—Lo más lógico sería desviarse del camino, —prosiguió Gonsuke— buscar una bifurcación y cruzar el precipicio en algún punto donde no ofrezca peligro. Pero eventualmente tendrás que regresar al camino original. —y la miró a los ojos por primera vez en toda la conversación—La vida es también como un camino, solo que muy pocas personas encuentran las bifurcaciones.

—Personas como nosotros. —murmuró Izokumi, que iba encontrando lentamente el sentido en las palabras del samurái.

Gonsuke asintió.

—Algo terrible ha ocurrido en el camino original y es lo que está haciendo tu regreso tan difícil. —dijo luego de unos segundos— Las transiciones son violentas, impredecibles. Por eso te voy a dar un consejo: corre hacia las montañas antes de que sea tarde. Tienes que alejarte del valle.

La advertencia de aquel otro hombre, en las ruinas, volvió a golpear la mente de Izokumi. Recordó con horror toda aquella destrucción que había presenciado.

—No quiero regresar. —dijo— Voy a quedarme aquí y buscar a mi familia.

—Imposible. Cuando una bifurcación colapsa no queda más opción que regresar. Si eres joven y fuerte regresarás con vida. Si no, entonces terminas como yo.

— ¿Los encontraré allá?—preguntó Izokumi pero en ese momento el anciano samurái se desvaneció y una débil brisa arrastró sus últimas palabras: Corre, Izokumi.

Montaña arriba, sin cuidarse de los arbustos y zarzas, sin mirar atrás, Izokumi corrió hasta perder la noción del tiempo. El valle oscurecía y el viento le traía un extraño olor, el olor de la muerte. Más y más alto. El aliento le faltaba. Perdió el apoyo en una de las rocas y se sintió caer, pero alguien la sujetó por el brazo y la levantó con cuidado. Alzó los ojos y vio al tío Daisuke, que palideció al reconocer a su sobrina.

Con la ayuda de su tío, Izokumi llegó hasta la cabaña. Nunca imaginó que la encontraría tan llena. Todos eran gente de Nagasaki, algunos conocidos. Daisuke buscó un lugar para ella y también algo de comida.

—Se parece a la hija de Ichiro Tanaka. —dijo uno de los heridos a Daisuke.

—Es ella misma, mi sobrina. —respondió el.

—No puede ser. Yoshida mismo me dijo que vio los cuerpos bajo los escombros.

Daisuke se volvió a su interlocutor con cierta hosquedad:

—Pues parece que no los vio a todos. Y habla más bajo, que puede oírnos.

— ¿Aún no lo sabe?

—No estoy seguro… Será mejor que te recuestes y duermas un poco.

Izokumi los había escuchado, pero no dijo nada. Cuando terminó de comer registró sus bolsillos y notó algo. Con cuidado fue sacando una diminuta avecilla de papel y la puso en la palma de su mano. Los demás no paraban de hablar, parecían nerviosos y asustados. No notaron cuando Izokumi hundió la cabeza entre sus rodillas y empezó a llorar. Todos hablaban de la terrible explosión, el calor intenso, de los que murieron con la bomba. Para algunos fue el sonido de los motores e incluso vieron al avión acercarse. Para otros, comenzó con un destello. Una luz muy blanca.

FIN

*****

  • Mención

 Cuento: Buffer Overflow

Seudónimo: Zivot Zen

Autor: Ángel Omelio George Varela

 

La humanidad ya no recordaba el principio de la guerra; el inicio de todo. Tampoco recordaba que había sido consumida casi por completo hacía solo unos cinco años atrás; una enigmática raza extraterrestre les había diezmado: Syohas le llamaron. Pero no, eso casi nadie lo recordaba… solo lo hacían los miembros del Council Stack.

Aquella mañana, cinco hombres despertaron siendo millonarios. La noticia causó cierto impacto en la ciudad de Santclair, y pronto se convirtieron en celebridades. El hecho en sí era inexplicable, pero a nadie le sorprendió en demasía, tampoco se investigaron las causas de tan masivo acontecimiento. Hechos como ese sucedían a menudo.

Martín Mora tuvo siempre una picardía descomunal para los negocios. Dado que, desde pequeño echó mano de su ingenio para sobrevivir al medio en el que se desenvolvía. Adquirió experiencia de sus propias decisiones y las de los demás, y no tardó en convertirse en un excepcional corredor de bolsas. Martín fue millonario, y también fue famoso.

Ese día se trasladaba de una bolsa a otra a ejecutar una transacción e impartir indicaciones a su equipo para atacar el mercado de valores con nuevas estrategias. Le habían informado también de varios problemas, y quería atenderlos en persona.

Recordaba con añoranza los viejos tiempos, en los que no existía el nervo-conector. Construía en su mente imágenes claras de las calles demacradas del Condado (su barrio pobre), y de los charcos que se formaban con la lluvia; en los que solía revolcarse para que luego su madre le propinara aquellas “manos de golpes” que ahora rememoraba con cariño. «Sí, antes los niños eran más libres», pensó mientras pasaba de largo a un grupo de muchachos que seguían obedientes las órdenes de su profesora, mientras los guiaba para cruzar una calle.

Por un instante se llevó una mano a su cuello y acarició con sutil suavidad la parte derecha del mismo. Volvió a sentir aquel objeto incrustado en su piel, ese que tenían que utilizar todos de manera obligatoria: nervo-conector. «No solo los niños… ya nadie es libre», concluyó.

 

Frente a una forma oscura, que por momentos mostraba pequeños puntitos blancos sobre su superficie, conversaban dos hombres. Uno de ellos era mayor que el otro; su pelo blanco incitaba a esa idea, aunque parecía un blanco antinatural. Su figura, en cambio, indicaba que no debía tener más de 35 años; el más joven aparentaba unos 20.

—¿Recuerdas lo que es un buffer overflow? —preguntó el veterano con voz un tanto inexpresiva,  mientras el otro prestaba total atención a sus palabras.

—Sí, básicamente un error grave de seguridad —respondió el joven—, producido por algún defecto en la programación —su interlocutor asintió satisfecho.

—El buffer overflow más frecuente se manifiesta en estas personas —dijo el maestro, al tiempo que mostraba a su acólito el comportamiento de algunos individuos que aparecían sobre la negra forma.

—Maestro, pensé que esos errores ya no existían. ¿No habían corregido eso hace años…? —hizo una pausa para luego añadir en forma de auto respuesta—. Sí, cuando Wilson Y. Fitch reparó la instrucción 0x0112816 del programa nervo-conector.

—No, el program-master Wilson murió antes de poder revisar todo el sistema. En análisis recientes un grupo de miembros del Council Stack hemos descubierto que los buffer continúan desbordándose por causa de otras instrucciones. Y los desbordamientos están llegando a un nivel crítico.

—¿Y entonces, que quiere explicarme? ¿Alguna nueva teoría que utilizará para reparar las instrucciones? —preguntó intrigado el muchacho.

—No Nmael. Quiero hacer énfasis en el program malfunction. Me temo que, por tu condición, has sido designado para corregir algunos de esos errores.

—¿Designado? Pero… por encima de mi hay tantos program-expert y program-master… ¿Qué puedo hacer yo, un simple program-student?

 

Martín olvidó por un rato su nervo-conector, se concentró en los problemas de la bolsa; en lo que era de veras productivo. Estar pensando en ideales inalcanzables nunca había definido su manera de vivir. Aunque en los últimos días, esos pensamientos lo invadían con frecuencia.

—¡Las acciones de una nueva empresa nombrada Gestav están subiendo astronómicamente! —gritó uno de los corredores del equipo, sacando a Martín de su reflexiva anomalía—. ¿Qué hacemos señor?

—Alejandro, infórmame sobre esa empresa —ordenó Martín al estadista, que se encontraba a su lado concentrado y absorto.

—Estoy en ello señor —respondió el hombre sin apartarse de su tarea. Utilizaba el nervo-conector para estudiar los disímiles datos que flotaban en la red.

—Bien, Rafael, continúa evaluando las acciones de Gestav como hasta ahora y compra algunas de ellas, al menos por el momento.

—Señor —llamó otro integrante del equipo—. Las acciones de Trinstal siguen en descenso. También las de ProgFixed.

«Misericordioso Dius —pensó Martín mientras evaluaba los índices y gráficos de las empresas mencionadas con ayuda de su nervo, para generar un análisis técnico exhaustivo de las mismas—, vamos a ver cómo resolvemos este dilema. ¿Así será el resto de mi vida?»

—Pienso que deberíamos apostar a Trinstal. Siempre ha tenido esos altibajos, pero es una empresa estable —comentó Ernesto, uno de los corredores más destacados del equipo.

—Yo pienso lo mismo —expresó Rafael.

El otro corredor del equipo, Eduardo, entornó los ojos. Era el más joven, pero había demostrado su capacidad en la toma de buenas decisiones. Martín le tenía gran aprecio.

—Ejecutar operaciones precipitadas o al azar no ha sido nunca nuestra estrategia. Recuerden que esto no es un juego. Veamos que dicen los datos. Luego le daré la razón al que la tenga.

—Es cierto —añadió Luis con voz fúnebre—, vamos a espe… ¡Señor! —exclamó interrumpiéndose—. Las acciones de FiberFish han comenzado a subir.

—¿Otra vez? —preguntó Alejandro sin separar su vista del punto en el que aparecían los hologramas que su nervo reproducía—. Ya van tres veces en esta semana.

—¿FiberFish? Alguien que me ponga al tanto de esa empresa —exigió Martín.

—Cierto —apresuró a explicar Rafael—, es una nueva empresa norteamericana que está en ascenso en el mercado de alimentos.

—No creo que esté interesado en invertir con yanquis. Alejandro, aun así quiero un estudio de ella… Eduardo, ¿cómo lo va llevando ProgFixed?

—Sus acciones siguen en descenso —respondió el joven corredor.

 

Nmael y su maestro continuaban la conversación frente a la enorme forma negra (por momentos esférica, por momentos cúbica), que seguía mostrando puntitos blancos parpadeantes, para indicar fallos en los programas.

—Tu visión acerca de los programas ha demostrado ser acertada. Puedo decirte que varios program-expert e incluso program-master envidian tus habilidades.

—¿No deberían envidiarte a ti? —preguntó Nmael, mientras observaba como se dibujaba una finísima sonrisa, casi imperceptible, en la cara de su maestro.

—En cierto modo, pero tus logros son solo tuyos. Yo solo te he proporcionado una guía.

—¿Y usted? ¿Trabajará corrigiendo algún buffer?

—No —suspiró el hombre—, yo seré el supervisor.

—¿Supervisor…? esas son palabras mayores Omin. Aunque era de esperarse.

—¿Sí? ¿Cómo de esperarse? —preguntó Omin.

—No me pregunte a mí. El program-master es usted —respondió el acólito en tono irónico, y luego, cuando su maestro puso cara de desconcierto, agregó con seriedad—: Entonces, ¿quién o qué está provocando estos nuevos desbordamientos?

—Las propias personas están sobrescribiendo sus datos, algo que incluso el program-master Wilson no previó. No sabemos cómo ha sucedido, pero es evidente la violación de memorias. Ellos se están convirtiendo en sus propias víctimas…

En la bolsa continuaba sin resolverse la situación. Martín se enfrentaba junto a su equipo a decisiones importantes. Solo había dos cosas en el mundo que anhelaba más que el dinero: el amor, y la libertad. Y de nuevo, no sabía por qué razón pensaba tanto en asuntos que antes no venían a su mente. Dinero, tenía que ganar dinero para tener todo lo demás. Ese era el pequeño secreto de la vida. Uno que había descubierto por sí mismo.

—Señor, ya tengo el análisis de Gestav —informó Alejandro, y por un segundo se permitió desconectar de la red su nervo.

—Entonces…

—Gestav es una empresa de experiencia —explicó el hombre en términos académicos—, afianzada en negocios armamentistas. Sus acciones fluctúan entre valores normales y valores astronómicos, con pocos picos descendentes; las gráficas lo indican. Además de esto, por su condición de empresa armamentista cuenta con una estabilidad casi asegurada.

—Bien, vendan todas las acciones de Gestav que hemos adquirido.

—¿Está seguro? —preguntaron Luis y Rafael al unísono, aunque sin dejar de ejecutar los procesos previos a la venta. En el equipo nadie contradecía las decisiones de Martín. Él había demostrado ser un corredor capaz. Y por ende, tampoco respondió la pregunta.

—Compren unas pocas acciones de FiberFish, no se preocupen ahora por las gráficas. Esas serán para el fondo monetario. Vendan las de Trinstal, esa empresa está en quiebra. Compren todas las de ProgFixed.

Martín tomó la decisión en menos de cinco segundos. El tiempo era importante en la bolsa. Un segundo más, uno menos, todo significaba dinero ganado o perdido. Todos lo observaban perplejos, excepto Eduardo, que sonreía; su cara mostraba la satisfacción de alguien que se sabe seguro de haber acertado en secreto. Martín se permitió descansar. Su intuición en la bolsa estaba más allá de la comprensión de los demás, pero no tan alejada… por suerte. Suspiró, había resuelto de manera eficaz aquel problema, el tiempo lo demostraría; aunque fuera el último. «Y así dejo asegurado el futuro de este equipo, al menos por el momento», pensó mientras su mente regresaba una vez más a los recuerdos de su niñez.

 

—¿Víctimas? —preguntó Nmael.

—Sí, víctimas de sus propias vidas y decisiones. No saben que más allá del orden no existe nada. Nosotros hemos dictado el orden, impuesto el programa nervo-conector; y aún después de que hemos eliminado sus memorias, hay algo todavía que los incita a desviarse del camino que tienen que seguir. Esos desbordamientos atentan contra ellos mismos. Sus memorias sobrescritas son un peligro.

—Maestro, me confunde con sus palabras —Nmael comenzaba a marearse por la tormenta de ideas que circulaban en su cabeza.

—Hombres como ese —dijo Omin ampliando una imagen en la negra esfera, para mostrar el rostro de un afamado corredor de bolsas de la ciudad de Santclair que descansaba en su cama—. Hay que evitar que las personas piensen demasiado, que intuyan. La sensación de otra búsqueda más allá de nuestra verdad tiene que ser eliminada, para que puedan sobrevivir a este caos. Por esa razón creamos el programa —hizo una pausa, la cual aprovechó para tomar aliento—… Nmael, necesitamos reparar esos errores de desbordamiento.

Martín había tenido un duro día, más bien una dura vida. Aquella noche en casa se permitió pensar por última vez en el dinero. Estaba seguro de que sus herederos le darían un mejor uso. Se levantó de la cama, y arrancó de un tajo su nervo-conector. Sintió miedo entonces de haberlo hecho, miró a su alrededor esperando que nadie lo hubiera notado. Decían algunos que te ganabas un severo castigo solo de pensar en hacer eso… Aunque más bien eran rumores, nadie había dejado testimonio de ello. «Pero no, ahora no, sin dudas nadie me ha visto. Al fin seré libre», pensó mientras se regocijaba de sus actos.

En un instante cayó al infierno, o un lugar que supuso como tal. Pareció como si su mundo de repente se hubiera transformado. Todo lo que antes estaba en orden ahora era un completo caos. Los edificios destruidos, las calles también. El aire: pesado y saturado de olores inmundos. Y unas presencias acercándose a él. «Seguro son demonios», pensó de nuevo. Palpó con suavidad el pequeño agujero ensangrentado que había dejado en su cuello la ausencia del implante que sostenía en la mano. Su rostro antes de morir no mostró ninguna sensación de miedo.

Martín Mora fue tragado por aquellos entes. Cayeron sobre él. Eran demasiados. No sobrevivió a la embestida de los Syohas.

 

La forma negra aún mostraba la imagen ampliada del sitio en el que yacía el corredor de bolsas. La sangre empañaba el suelo; solo quedaban esas manchas.

—¿Lo entiendes ahora Nmael? —preguntó Omin. El joven acólito experimentó una profunda sensación de repugnancia. Tenía conocimiento de causa, pero nunca antes había observado aquello. Sus lecciones de programación no incluían clases de esa índole—. El nervo-conector los protege del mundo real. Los buffer overflow atacan la memoria sobrescribiendo sectores importantes y llevando a los nuestros a cometer hechos como este. Luego, desaparecen del mundo ilusorio que hemos creado para mantenerlos ocultos de la masacre e invisibles a los sentidos de los Syohas, y al final son consumidos por ellos. ¿Entiendes la importancia de reparar este error? ¿Entiendes nuestro compromiso? Como un miembro más del Council Stack y de este planeta, debes comprenderlo.

El acólito asintió, mas quedó pensativo mientras su maestro se marchaba por la enorme puerta blanca que se encontraba detrás de ellos. Nunca antes lo había tenido en cuenta, tal vez estuviera comenzado a madurar. «¿Podré reparar algún buffer antes de que otro humano se lance a su extinción? —dijo para sí mismo. Cerró sus ojos, mientras realizaba un gesto de negación con la cabeza y apretaba sus puños—. No, más importante aún: ¿cuánto tiempo podrá soportar nuestra raza este engaño?»

 FIN

*****

 Mención

Cuento: El sueño del A380

Seudónimo: Dera

Autor: Nelson Ochagavía Callejas

 

Xavier Tejos estaba feliz como un cachorrito mientras conducía su todoterreno, a gran velocidad, por entre las dunas del desierto. El automóvil levantaba nubes de polvo y dejaba en la arena un largo rastro de huellas de neumático. La razón por la cual su conductor estaba tan feliz era porque por fin cumpliría un viejo sueño, volar a bordo de un Airbus A380. Detrás del carro se podían ver, en lontananza, los edificios de Dubái. Sobre todos ellos destacaba la torre Dubai K2, la cual habría sobrepasado las nubes de haberlas en aquel cielo seco donde el sol, o algún pájaro, eran lo único que animaba la azul monotonía. Dubai K2 era el edificio más alto del mundo. A su lado había uno más pequeño que llegaba apenas a la mitad de su altitud y además estaba inclinado como la torre de Pisa. Era el antiguo y decadente Burj Khalifa, conocido como Burj Dubai durante su construcción, una vieja aguja que, como el Dubai K2, también había sido el edificio más alto de una época donde los rascacielos se construían por sport. El todoterreno se coló por entre dos dunas pequeñas y emergió de un salto hacia una llanura extensa cuyos límites desaparecían en el horizonte y en la cual solo había arena, guijarros y una gigantesca pista aérea, un titánico hangar, un edificio de cristal de cuatro pisos y una torre de control. Era el nuevo aeropuerto. Posado en un extremo de la pista descansaba el gigante superjumbo, el avión más grande de su tiempo, el Airbus A380. Xavier Tejos parecía estar drogado por una mezcla de LSD, luces anisotrópicas y música subliminal. La inversión había merecido la pena. Era feliz, muy feliz. El todoterreno aceleró como absorbiendo el estado de ánimo del hombre, y en pocos minutos cruzaba lateralmente la ancha pista justo por delante del solemne avión, momento en que el tiempo se hizo más lento y el sol brilló solo para Xavier, que se sentía como quien baila un vals en slowmotion con la mujer de sus sueños. Un instante después el todoterreno parqueó frente al edificio de cristal de cuatro pisos. No se podía ver adentro porque reflejaba el azul celeste como si fuera un gran espejo.

―Ha llegado a su destino ―advirtió la voz del auto, que parecía más natural que la de una persona de verdad.

Xavier permanecía en un estado de éxtasis. Sin dejar de contemplar al hermoso avión que miraba el horizonte como una esfinge, salió del auto y caminó hacia la entrada del edificio de cristal. Adentro estaba repleto de gente. Había mujeres, hombres, ancianos y niños de todos los países y de todas las razas. Gente rica, gente pobre. Comerciantes, profesores, estudiantes, policías, militares, bomberos, inútiles. De todo. Iban de un lugar a otro, conversaban en medio de una multitud, hacían colas para comprar los pases, esperaban su vuelo, miraban los hologramas que flotaban en el aire, comían, bebían, echaban siestas y, en fin, hacían todo lo que se puede hacer en un aeropuerto. Xavier Tejos estaba maravillado de ver tanta actividad. Avanzó siguiendo unas saetas de luz en el suelo que habían aparecido al momento de entrar. Las flechitas eran azules al principio, pero conforme avanzaba se fueron haciendo rojas, como en un juego de frío-caliente basado en colores. Había llegado a la ventanilla donde se compraba el pase del avión que estaba parqueado en la pista. Xavier estaba radiante como un niño.

―Buenos días, señor ―dijo la rubia detrás de la ventanilla― Gracias por usar nuestra aerolínea. ¿Qué vuelo desea?

― El vuelo de las tres pm, por favor ―respondió él.

El único, pensó. La muchacha le dirigió una sonrisa y un guiño, y empezó a mover las manos en el aire como si estuviera manipulando cosas invisibles. Xavier recordó que cuando era niño había computadoras de escritorio con grandes pantallas táctiles. Ahora las pantallas eran virtuales y aparecían en la mente del usuario, y las computadoras eran tatuajes con forma de fractal que estaban dibujados detrás de la oreja. Encima de la ventanilla había un pequeño lente que disparó un flash. Xavier sintió que se quedaba ciego. Siempre le pasaba y por eso odiaba los flashes, pero ahora estaba tan feliz que en vez de molestarle le dio gracia.

―Registro facial terminado ―dijo la mujer con una sonrisa―. ¿Procedo con el pago?

―Sí, gracias.

Cuando Xavier era niño, el pasaporte se pagaba con dinero en efectivo o con tarjetas de crédito, ahora se usaba el bitcoin en lugar del crédito, y el reconocimiento facial en lugar de la tarjeta.

Un segundo después:

―Pago completado, señor. Ha sido registrado en el vuelo de las tres pm.

―Gracias, bonita ―el hombre estaba lo suficiente contento como para decir piropos, cosa que no hacía nunca.

―Gracias a usted. Por favor, siga usando nuestra aerolínea. ¡Buen viaje!

Xavier se retiró pensando que aquella rubia era muy parecida a su tercera esposa. ¿Coincidencia? ―se dijo, y entonces le echó la culpa de aquella casualidad a los que encargados del aeropuerto― ¡Qué pillos son!

Tras elegir un asiento vacío, cayó sobre este como lo haría la persona más relajada del mundo. Miró con deleite a su alrededor y respiró profundo, absorbiendo hasta la última molécula de delicioso aire que sus pulmones eran capaces de almacenar. Menos de diez minutos después escuchó una voz femenina informando que todos los pasajeros del vuelo de las tres pm podían presentarse en la puerta ocho. Era una voz personalizada audible solo para los que se habían registrado en ese vuelo. Xavier se levantó de un salto y con una gran sonrisa se dirigió hacia el lugar indicado,  donde se estaba formando una pequeña cola de espera. Poco después estaba ya sentado en un asiento categoría turista dentro del avión comercial más grande de la historia. Ya a nadie le interesa construir aviones así ―pensó―. El más grande, ¡el más grande de todos! ¡Y yo estoy en un A380 de verdad!

En el espaldar del asiento frente a él había una pantalla donde aparecían unos antiguos dibujos animados que trataban sobre un niño genio llamado Dexter. Esos eran los “dibujitos” preferidos de Xavier cuando tenía diez años. Se mantuvo absorto en las cosas que le pasaban a Dexter, hasta que la aeromoza ―esta vez una trigueña que lo dejó sin habla― le tocó un hombro para informarle que el avión estaba a punto de despegar. Él le dio las gracias y, cuando ella le preguntó si deseaba algo,  Xavier negó con la cabeza, pero luego se arrepintió y pidió una botella de agua gaseada.

El avión despegó casi sin que se diera cuenta, excepto por la leve, muy leve vibración del asiento y de la pared blanca a su izquierda, por el zumbido casi imperceptible de los motores y por el paisaje del desierto que se empezó a mover en la ventanilla. Por lo demás, el proceso de despegue era tan suave que una persona distraída lo podría pasar por alto. Xavier casi no podía contener la emoción. Por primera vez en su vida estaba dentro del avión de sus sueños. Aquello era como fumarse un porro de marihuana mientras tenía sexo con una hermosa mujer rebosante en feromonas… aunque tal cosa no tardó en suceder.

Xavier estaba tan contento que sacó su porrito de marihuana y lo encendió. Quedó entonces envuelto en una nube de humo amarihuanado ―esa fue la palabra que se le ocurrió en aquel momento para describir ese humo. No tardó en relajarse ni tampoco en perder el sentido del espacio y de las proporciones. Sintió que se hundía en el asiento y el techo se alejaba infinitamente de él, mientras una mancha negra envuelta en ondas transparentes flotaba frente a él dentro de una atmósfera de humo amarihuanado. El personaje de Dexter, en la pantalla frente a él, parecía hablar en cámara lenta. Xavier decidió entonces que era libre de hacer lo que le diera la gana, sobretodo porque aquel era su sueño hecho realidad. ¿Qué no se puede hacer en un sueño? Se levantó no supo ni como, y avanzó por el pasillito hasta el baño. Justo en el momento de abrir, pasó a su lado la aeromoza trigueña quien, casualmente, le llevaba el pomo de agua. ¿Ahora es que me lo traes? ―pensó. La aeromoza, con una sonrisa, fue a entregarle el pomo, pero Xavier se lo tumbó de un brusco manotazo, le agarró la mano, se la besó como si estuvieran en el siglo XIX, abrió la puerta del baño, lanzó adentro a la mujer, se metió él, trancó el pestillo y empezó a besarla en la nuca. Durante casi diez minutos, cualquiera que pasara frente a la puerta del baño, en donde decía Ocupado en letras LED, podía percibir los gemidos que provenían del interior. Quien primero salió fue la aeromoza. Luego Xavier Tejos, con una sonrisa pícara. Iba a volver a su asiento, pero sintió ganas de cagar y regresó al baño. Entonces hubo una fuerte turbulencia. Xavier extendió los brazos para apretar las paredes con las manos y así no caerse. El brusco vaivén del avión cesó al cabo de un minuto y aquel hombre, que se había estreñido del susto, salió del baño y fue directo a su asiento. Tenía ganas de vomitar y, para colmo, tener la mente amarihuanada no ayudaba mucho. Trató de pensar con claridad pero en ese instante hubo una nueva turbulencia. La gente se puso histérica. Una vieja no dejaba de gritar mientras su hija hacía de todo para calmarla. Xavier se esforzaba por mantenerse asido al asiento. En el espaldar de enfrente seguían corriendo los dibujitos de Dexter como si no pasara nada en absoluto, y a su lado, en la otra hilera de asientos, había una niña aterrorizada que miraba a Xavier con ojos suplicantes. Parecía que

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